jueves, 11 de septiembre de 2008

Poseídos por el dios de la furia

Felipe Ciprián


¿Cuál sería el futuro de los agricultores dominicanos y de las miles de familias que viven en zonas potencialmente peligrosas para inundaciones si el territorio nacional fuera sacudido por un huracán o una tormenta cada año como ha sucedido en 2007 y 2008?
Ver a miles de familias con todo destruido, las carreteras cortadas y los puentes aislados en medio de ríos y cañadas, provoca honda pena en cualquier persona honesta.
Sí, pena porque quienes vivimos los primeros años de la década del sesenta recordamos que el mes de mayo completo pasaba bajo lluvias -al menos así sucedía en la cordillera Central- y eran escasas las veces que se veían desastres como los actuales.
No se veían porque las carreteras, puentes y calles- y hasta los caminos vecinales entre montañas- se construían con responsabilidad, se les daba mantenimiento y el ambiente estaba mucho menos afectado.
Llovía más, pero como la gente no tenía la costumbre de botar la basura en la calle y la miseria no se había convertido en una epidemia que llenara las orillas de los ríos de casuchas, las noticias trágicas eran escasas. Tampoco la deforestación había alcanzado un grado de peligrosidad como el que ahora amenaza vidas, infraestructuras y propiedades cada vez que se aproxima un temporal.
Para esos tiempos los gobernantes -aparte de los conflictos políticos internos- ni siquiera pensaban en drenar el Presupuesto Nacional otorgando nombramientos sin parar para pagar favores políticos a gente que no hace absolutamente nada, pero cobra salarios de lujo. Esos fondos debían ir al fomento de la educación y la producción agrícola, para que este país no se siga hundiendo en la miseria, la corrupción y la ignorancia.
Los dominicanos estamos, como dice el poema de Tomás Borge, “poseído(s) por el dios de la furia y el demonio de la ternura”. El dios que nos había protegido está furioso y el demonio del que pretendimos huir nos tiene cercados y nos corteja con una contagiante demagogia que se reúne en carnaval cada dos años.
En esos carnavales sólo cambia el modelo de la jeepeta y los últimos embustes de los negociantes de la política, mientras el pobre pueblo sólo espera el próximo temporal para que quede al descubierto la esencia misma del “desarrollo” que vamos logrando. ¡El Estado fallido!

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